Un machismo mercantil

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- en Opinión

Por: Lunacia

Desde niñas aprenden obedeciendo, aprenden que no tiene importancia lo que dicen, lo que sienten, lo que piensan, que no merecen ser escuchadasla represión social del dominio público.

Llegaban las vacaciones navideñas y ella sabía que eran días de gastar y comprar lo que quería, de irse de shooping y comprar regalos para la noche buena, para la cena, para  convivir en familia y con amistades, aunque eso llevara a convivencias que no quería o con las que no se sentía a gusto, como tolerar a un suegro violento, un cuñado borracho, una  cuñada envidiosa y misógina, que también tienen que estar con la familia del marido aunque no quieran pero tienen que quedar bien con los hombres de la casa.

Su emotividad se expresaba cuando encontraba  algún objeto que le gustaba, “la enamoraba”, “se enamoraba” de lo que tenía en sus manos, se enamoraba de ver todo lo nuevo que había en esos almacenes que tienen todo tipo de artículos  para las mujeres que se desviven comprando y gastando el dinero que les da su marido para que se vayan a divertir, a distraer y a expresar sus emociones agradables y no den problemas en casa con  quejas de lo que “no puede ofrecer un padre proveedor como la  tradición manda” es “su premio” ante tanto esfuerzo por dedicarse a su casa como empleada doméstica sin salario pero con familia que atender por ser casada. Para ellas, no es posible solicitar-pedir al marido su compañía, colaborar en la crianza y atención de los hijos que tanto cansan, desgastan y se acaban a las mujeres que “atienden por amor” incluido el marido, como si fuera otro hijo. Es el estilo tradicional mexicano donde toda una cultura machista y materna, se reclama e impone, sigue vigente y presente en las relaciones matrimoniales.

Ellas se acostumbran, se adaptan a lo que sus maridos les piden, les proponen y les dan, si es mucho son agradecidas, si es poco también, es lo que devuelven cuando no trabajan y dependen económicamente de ellos o si trabajan, de igual forma están supeditadas a lo que el marido quiere de ella, a que se acomode a sus necesidades masculinas que controlan su vidas en matrimonio. Las casadas son ellas y son las que más adquieren responsabilidades pero así es como “debe  ser” dicen muchas. El marido solo “trabaja y trabaja” la mayor parte de su tiempo y cuando “descansa, muy cansado”, solo se sienta para recibir atenciones y rara vez participa en las actividades domésticas o de crianza de los hijos en su tiempo libre porque “está cansado”. La esposa solo tolera y aguanta, que no se atreva a decirle algo porque entonces el hombre le recuerda las condiciones en las que está ella en ese matrimonio.

      La empresa masculina

Vivimos en un mundo capitalista manejado-dirigido por hombres empresarios, que todos los días  nos ofrece  toda una gama de artículos a la población de las mujeres de cualquier edad, para cualquier ámbito donde podemos encontrarnos empezando por casa. Rodeadas de ese machismo y represión que controla nuestra existencia, desde nuestra personalidad, nuestros gustos, nuestros pensamientos, nuestra sensibilidad, nuestra forma de vestirnos, de todo lo relacionado a nuestro ser, nuestra ciudadanía como sujetos de derechos, crecemos desde la infancia siendo manipuladas por esa mercadotecnia y otros medios que constantemente nos bombardean con publicidad sexista, machista, superficial, además de que usa-muestra nuestros cuerpos, como “objetos de agrado a la vista del hombre” para gustos de ellos y de sus necesidades emocionales, físicas o a veces hasta laborales y sociales.

Los que venden, entre los que hay hombres desde puestos arriba, en medio y  abajo, te hablan bonito, te tratan bonito, te dicen palabras bonitas, mentiras bonitas para conseguir su objetivo, manipulando a la primera que cae ante su encanto amable de vender el objeto más caro o cualquier tontería superficial que no te sirva de algo en la vida. A las mujeres les han llegado a vender hasta objetos destructivos, que dañan su cuerpo, su salud, su autoestima, llevándose a veces, hasta su propia vida. Comida, vestido, calzado, artículos de belleza, por mencionar algunos.

Somos la población que más consume resolviendo ciertas necesidades emocionales, físicas, por salud, por autoestima, por soledad, por tolerar destructivas compañías, por búsquedas varias-diversas, relacionadas a esa existencia oprimida que aguanta por permisiva, por sumisión, por los hijos, por no tener alternativas, que tolera la violencia de un hombre-marido-padre-hermano, otros, que a veces nos hace daño cuando la dependencia emocional a un hombre es una costumbre-tradición, una necesidad para no enfrentar solas la vida, por ese miedo a la soledad, al abandono, al desamparo, entre otros miedos de las mujeres.

Así, también nos callan socialmente, desde casa, desde el trabajo, en todas partes hay un control, manipulación y represión a nuestra personalidad, nuestras vidas solas o acompañadas, a lo que podemos hacer desde nosotras mismas en ese ámbito público que tenemos que enfrentar con su discriminación, su cultura de trato invisible en las relaciones humanas como si fuéramos objetos y no sujetas, personas, ciudadanas, humanas. Manipuladas, engañadas, endeudadas, condicionadas, controladas por esa industria que nos quiere ideales y nos busca transformar-mejorar físicamente, es lo que podemos encontrar en estas fiestas decembrinas y las mujeres, no dejan sus malestares, no terminan con sus incomodidades.

En las grandes ciudades mexicanas ya se pueden ver a mujeres que compran, se alivian emocionalmente y con una “salida de shooping” pueden adquirir deudas de pagar por largo tiempo, para evadir un poco esa forma de vida en la que la rutina les aburre, les incomoda, no les gusta pero tienen que continuar, les estresa, les duele pero se tienen que callar y aguantar, una vida que a veces les deprime y les hace olvidar que sienten, que son personas humanas que pueden no necesitar objetos materiales para sentir que todo puede estar bien. ¿Te has preguntado cuantas mujeres logran llegar a mirarse hacia adentro? Desde ese interior humano, que nos recuerda que somos personas todavía con capacidad de expresarnos, llorando, sonriendo, gritando, comunicando, sin tener que depender de objetos materiales ¿para simular que todo está bien física, mental y emocionalmente, con nosotras?

Si observas, las grandes tiendas comerciales tienen todo lo que una mujer dicen que “necesita”, claro está, sustentado desde una visión  que nos estereotipa y maneja como “la mujer inferior” que  “debe ser” según un criterio masculino de la gran industria de la moda, utensilios de cocina, del hogar, objetos para las niñas, entre muchos otros. Nos pintan-describen de variados físicos ideales a veces, humillantes, en su publicidad, promociones, en sus tiendas, casi siempre buscando atraer más al hombre para su vista o complacencia y para que pague pues se asume que solo ellos pueden tener ese poder de proveedores económicos, que mantienen a una mujer con hijos; a nosotras, no nos dejan de mostrar sin ese distintivo que nos considera “inferiores” “obedientes” “miedosas” “adaptadas” “bien portadas” “calladas-bonitas-complacientes” “que no dan problemas” que “no se quejan” y son complacidas con una visita a esas tiendas que todo les puede ofrecer para “sentirse bien” a muchas, individual o socialmente.

¿Pones atención a cómo esa industria mercantil, nos tiene atrapadas? ¿Te has fijado como atrapa a las niñas? ¿Tú qué harías con tu hija para enseñarle a identificar ese tipo de agresiones, dentro de esa industria que nos vende todo lo que puede?

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