Ciencia para Candidotes/La ciencia desde el Macuiltépetl

Foto: Miguel Angel Díaz/Plumas Libres
- en Opinión

Hace algunos lustros apareció un libro titulado Física para poetas que pretendía presentar una exposición sencilla y atractiva de los conceptos básicos de la física contemporánea, es decir, un texto que fuera comprensible para un  público amplio. Grande fue mi frustración al no encontrar en este libro alguna forma de poetización de la física que, en mi opinión, hubiera hecho más atractiva esta ciencia para el gran público. Ello no obstante, el libro era un buen texto de divulgación de la física.

Ahora bien, considerando que la ciencia y la tecnología son factores de primer orden para el desarrollo económico de una nación, y que además constituyen elementos indisolubles de la cultura de nuestro tiempo, indispensables para que todo ciudadano sea contemporáneo del mundo presente, creo que no sería ocioso  considerar la elaboración de un texto (Ciencia para candidotes) que tuviera como fin  ilustrar a los candidatos a la presidencia de la República, en forma sencilla, sobre la importancia que revisten -para el bienestar de los mexicanos- la ciencia y sus derivados tecnológicos. Y digo candidotes pues tanto los candidatos como nosotros mismos, sufridos ciudadanos, pecamos de candidez al dejarnos engañar creyendo, con singular fe, que la elección de tal o cual personaje cambiará las desafortunadas condiciones en que se ha desenvuelto la vida nacional durante el último medio siglo. Y, peor aún, creemos que la elección será  democrática y que nuestro voto –cada voto- será tomado en cuenta.

Se debe a la brillante inteligencia de Don Jesús Reyes Heroles el haber dado forma a la partidocracia, es decir al hacer girar la política nacional alrededor de los partidos y las elecciones. Partidos integrados al sistema de dominación mediante la zanahoria de las “prebendas”, esto es, al patrocinar generosamente (con fondos públicos, por supuesto) a los partidos y sus integrantes para que jueguen el juego de Juan Pirulocio, en que cada quien atiende su negocio. Pues en eso se han convertido los partidos, en simples negocios, en modus vivendi de una multitud de políticos “profesionales” que se la pasan brincando de puesto en puesto y peleando (tribu contra tribu) por posiciones que les sean ventajosas en lo político y en lo económico. Hay casos, incluso, en que el negocio es familiar. En tanto, el sistema explotador y opresor que padecemos permanece incólume. La fábrica de pobres –que cada seis años puede cambiar de concesionarios- sigue funcionando sin problemas…

Siendo consecuentes con nuestra propia candidez, consideremos algunos de los puntos que deberían presentarse en el documento Ciencia para candidotes, tomando en cuenta que los candidatos rara vez se refieren al tema o, si lo han hecho, ha sido en forma superficial repitiendo los acostumbrados lugares comunes. Además, no  han dado a conocer públicamente las líneas programáticas –si es que candidatos o partidos las tuvieran- referentes a la ciencia y al desarrollo tecnológico.

Comenzando por lo más elemental, es claro que lo primero es responder a la pregunta: ¿ciencia para qué? Para lo cual es necesario plasmar un programa nacional de desarrollo científico y tecnológico que ofrezca una respuesta a la pregunta. También, la ciencia y la técnica deben ocupar un lugar prioritario en lo referente a su sostenimiento económico, es decir a su lugar en el presupuesto nacional. Durante los últimos treinta años, el gasto en ciencia y tecnología no ha pasado del medio punto porcentual del PIB; para ser más exactos, es de alrededor de 0.35 por ciento, en tanto que en otros países latinoamericanos es del orden del 3 o 4 por ciento, y en los países “desarrollados” puede alcanzar hasta el 8 por ciento del PIB.  En los últimos tres sexenios se ha proclamado como objetivo el que la inversión en ciencia y tecnología alcance el 1 por ciento del PIB; la verdad es que la cifra no ha rebasado el 0.5 por ciento.

Suponiendo que se incrementa la asignación presupuestal para ciencia y tecnología, el siguiente paso es cómo han de asignarse los recursos. La respuesta es sencilla: repartirlo en dos rubros esenciales: (1) ciencia básica y (2) desarrollo tecnológico. Por ciencia básica debe entenderse el cultivo libre de todas las disciplinas, desde las matemáticas y las ciencias naturales, hasta las ciencias sociales y las humanidades, pues éstas últimas dan el sustento –histórico y axiológico- necesario para orientar las aplicaciones concretas y el desarrollo tecnológico.

El desarrollo tecnológico por supuesto que debe estar supeditado a las necesidades del aparato productivo nacional, y de la población en cuanto a servicios educativos, de salud, suministro de agua, etcétera.

Habría que buscar una forma descentralizada para asignar y distribuir los recursos -actualmente se siguen pautas burocráticas y discrecionales  para hacerlo- lo cual redundaría en una mayor eficacia y eficiencia en el ejercicio del presupuesto.

Complementariamente, deben establecerse programas para la formación de científicos y técnicos de alto nivel con objetivos bien definidos y pertinentes para evitar que –como ocurre en el presente- se formen estos cuadros y luego no encuentren acomodo laboral, lo cual los empuja a emigrar del país o a trabajar en puestos en los cuales no  aplican aquello para lo cual fueron formados.

En cuanto al desarrollo tecnológico, éste debe estar estrechamente vinculado a las necesidades regionales y nacionales de desarrollo económico, buscando fortalecer los centros ya existentes, como el Instituto de Investigaciones Eléctricas y el Instituto de Investigaciones Nucleares, asociados a la CFE; y el Instituto Mexicano del Petróleo, vinculado a PEMEX. También habría que brindar mayor apoyo a todos los otros centros de investigación descentralizados y crear algunos otros, buscando  que sus objetivos se orienten, principalmente, hacia la solución de problemas concretos. Asociado a esto, y a partir de la identificación de problemas regionales concretos (contaminación ambiental, desarrollo industrial, cambio climático, salud pública, producción agropecuaria, etcétera), podrían integrarse centros de investigación virtuales, y temporales, para analizar y proponer soluciones a estos problemas, con los recursos ya existentes y sin necesidad de crear nuevas estructuras, centros o dependencias.

En este contexto las universidades públicas juegan un papel de primera importancia, pues en estas instituciones desde siempre se ha cultivado la investigación científica y, concomitantemente, se forman cuadros técnicos y científicos de alto nivel los cuales generalmente disponen, además del entrenamiento profesional, de una conciencia social de servicio la cual refuerza el impacto –social, cultural y económico- que el trabajo científico y técnico de por sí tienen. Entonces se tendrá que incrementar el presupuesto de las universidades públicas para que éstas fortalezcan sus programas de investigación y la formación de cuadros técnocientíficos.

Creo que el Estado podría, sin mucha dificultad, hacerse de los recursos necesarios para destinarlos a la ciencia y al desarrollo tecnológico. Si se impusiera un impuesto de uno por ciento en la venta de bebidas alcohólicas podría tenerse un buen ingreso para destinarlo a la ciencia. Creo que una caguama cuesta entre 20 veinte y 30 pesos. De tal manera que cada sábado, a la hora de la botana, acrecentaríamos la mexicana alegría al sentir que contribuimos a la ciencia cada vez que consumimos una caguama pues, de lo que pagamos por ésta, de veinte a treinta centavos se destinarían al fondo para el desarrollo científico. Nuestra sana alegría será mayor si compartimos una botella de tequila, digamos de 300 pesos, pues estaríamos cooperando con  3 pesotes para bien de la ciencia nacional.

Resumiendo, la propuesta para los candidotes, podría incluir puntos como los siguientes:

1)    Elaboración de un programa nacional para el desarrollo científico y tecnológico con la participación de científicos y sus sociedades, las universidades públicas, funcionarios de diversos niveles, representantes de empresas, públicas y privadas, así como de asociaciones ciudadanas.

2)    Aumento del presupuesto asignado a la ciencia y la tecnología, al menos hasta alcanzar el 1 por ciento del PIB.

3)    Asignación y distribución de recursos por vías menos burocráticas que las actualmente existentes, flexibilizando y agilizando el flujo de recursos.

4)    Fortalecimiento de universidades y centros de investigación descentralizados, y la creación de centros de investigación virtuales conformados a partir de la necesidad de resolver problemas regionales.

5)    Elaboración de un programa para la formación de cuadros técnicos y científicos que incluya prioridades y  mecanismos mediante los cuales estos cuadros se integrarían al aparato productivo.

En mis días de estudiante, en alguna ocasión un grupo de compañeros quería proponerme como candidato a encabezar la Federación Estudiantil Universitaria. Casualmente me encontré en la calle con el rector de aquella universidad, quién me preguntó si yo aceptaría la candidatura. Aunque no pensaba hacerlo, sólo por ver su reacción le respondí  que sí aceptaría. El licenciado X   -un protodinosaurio del PRI- paternalmente me echó un brazo al hombro y, con  peculiar sabiduría,  me dijo al oído: “Mira Manuelito, hay candidatos y hay candidotes.” Consejo que siempre he agradecido.

Reflexionar para comprender lo que se ve y lo que no se ve.

 

 

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