Los Ojos De Julia
Enviado por
plumaslibres.com.mx, 25.07.2010 Cada año en el pueblo de Xico, se llevan a cabo las fiestas de la santa María de Magdalena, colores, sabores y alegría se notan durante el mes de julio. Música y fiesta acompañan a este pueblo ferviente que con danzas, toros y cohetes le rinden culto a su Santa.
Alfonso sólo quería concluir su tesis, realizaba sus estudios en torno a las danzas y trajes que portan los danzantes. Un año atrás había visto con atención la elaboración de la alfombra de dos kilómetros hecha con aserrín, que iba desde la entrada de Xico hasta el portal de la iglesia.
Este año sería muy especial, una persona lo acompañaba, quizás la más especial e importante para él
-Dame una buena razón para vernos por última vez, muéstrame algo que sea sincero, que no sea una mentira tuya y uno de tus tantos chantajes-. Se expresó Julia con tono molesto.
Alfonso bajó la mirada, tomó la mano de ella y con voz melancólica le dijo.
-Te juro que sí hay algo que quiero mostrarte, un lugar especial, te juro que lo recordarás siempre, al menos así podrás recordarme y me detestarías menos.-
Ambos subieron a la motocicleta de él, dirigiéndose hacia a Xico. La entrada del lugar se encontraba adornada con papeles de color, en cada puerta de las casas había imágenes de la santa que dejaba ver la fuerte devoción de sus habitantes; la apatía de Alfonso era muy fuerte y en su cabeza sólo estaba el pesar, las dudas y los celos por Julia.
Él le mostraba la artesanía que había en los puestos, ella lo ignoraba, la insistencia de él era evidente al tratar de encontrar la forma de llamar la atención de ella; le explicaba los adelantos de la tesis, la historia de la fiesta, pero ella no le prestaba atención. De pronto Julia lo jaló del brazo y lo llevó a la iglesia.
- Qué hacemos aquí? Sabes de antemano que no comulgo con ninguna religión y soy agnóstico.- Dijo Alfonso con actitud irritable.
-Lo sé, ni siquiera crees en ti, y así quieres que te crea cuando dices que me quieres?- Contestó Julia.
- Alguna vez me quisiste por lo que soy?- Quisquillosamente preguntó Alfonso.
- Te quieres, Alfonso? Mírate en un espejo, mira tus ojos, cada día eres otro. Tienes todo para que yo te ame, pero ya no puedo, ya me cansé.- Contestó Julia apretando su bolso y mostrando fastidio.
- Es por él, verdad?- Siguió insistiendo Alfonso.
-Aquí no, por favor.- Hastiada contestó Julia.
- Por qué lo miraste de forma diferente? A mí nunca me ves a los ojos, siempre esquivas tu mirada.- Reprochó Alfonso.
-No empieces, por favor- dijo Julia, tratando de guardar la calma.
- Empezar qué? Siempre te alejas, te molestas y huyes.- Continuó reprochando Alfonso.
-Bien. Felicidades, lo conseguiste, adiós.- Contestó Julia molesta.
- Por qué le hablas frente a mí? No te has dado cuenta que me haces daño, que te quiero y eres todo para mí. Si alguien te ve, te habla, te mira y tú sonríes yo puedo matar. Siento cómo me toca el diablo, puedo ser el mismísimo Satanás.- Dijo Alfonso con actitud malévola.
- Estás loco , te das cuenta de lo que me estás diciendo? Te tengo miedo, me das miedo, ya no puedo seguir, basta, por favor - Contestó Julia desesperada.
-Irás corriendo a buscarlo, y eso me dará la razón que nunca has sentido nada por mí, que yo no significo nada para ti.- Molesto rebatió Alfonso.
-Eres un egoísta, ciego, sordo, que te encanta hacerte la víctima; y si eso piensas, lo siento mucho. Siempre traté de hacerte un bien, de hacerte feliz, pero no cambias Alfonso.- Exclamó tajantemente.
-Julia; te necesito, quédate conmigo, te amo.- Suplicó.
Ella se levantó y acercó al altar. Cogió una flor y miró los ojos de la santa, él se le acercó y susurró al oído; cuándo me vas a escuchar? Ella tomó la mano de él y colocó la flor sobre su palma de la mano.
- Qué es esto? Miró la flor despectivamente.
-Al menos consérvala y cuídala, hazlo por mí. Si en verdad me quieres promete que cuidarás de la flor; y no necesitas de mí, necesitas de ti. Demuéstrate que sí tienes un corazón, yo creo en ti, tengo fe en que puedes cambiar. Ten fe por una vez.- Imploró Julia
-En todo momento quiero cambiar, hago todo por ti, pero tú no te das cuenta. Estoy perdiendo la fe; pido que te fijes en mí y nunca lo haces, pido que no te alejes y cada día estás más lejos, cómo quieres que tenga fe?- Desesperadamente contestó
-Pues aquí lo tienes;- le mostró la flor-pon a prueba tu fe. Saca toda la basura que te guardas. Date cuenta de lo que tienes; yo te quiero, pero no te das cuenta porque no crees en nada, ni en ti mismo.- Dijo decepcionada y con tono nostálgico.
- Y qué se supone que quieres que haga con esta flor?- Ingenuo preguntó
-Cuida que no le pase lo que le ocurrió a mi corazón. Demuéstrame que me amas, porque ya no te creo.- Dijo fríamente.
Julia Salió corriendo, él fue tras ella pero resbaló con la cera que había en el piso. Al momento de seguir tras ella un anciano se interpuso en su camino, con aliento a drenaje y todos los dientes podridos, lo jaló y mirándolo con resentimiento le dijo: - asesino - Su altanería y despótica hicieron que ignorara al anciano, y sólo despotricó: -Viejo insolente y apestoso-.
Alfonso se detuvo en la puerta principal de la iglesia, un olor intenso a flores penetraba por su nariz al punto de hostigarlo y causarle nauseas. Una fuerte migraña lo empezaba a invadir, se recargó sobre el pilar de la iglesia y con su mano derecha apretaba la flor que le había entregado Julia. . .
Estamos en el año de 1766, en el puerto de Veracruz, estoy con la familia Castillo Soto esperando un barco procedente de Cádiz, España. Llevo dos años trabajando con la familia, ellos son inmigrantes de Sevilla, llevan quince años viviendo en México. Se dedican a la venta de muebles; pero la mayoría de sus clientes son familias de buen nivel económico, dado que la madera que trabaja don Santiago Castillo Soto no es cualquier madera, es de la más fina. Él tiene muchos trabajadores, yo sólo me dedico a repartir los encargos, cuidar la hacienda y asear los caballos, todavía no he aprendido del todo a hacer muebles.
Llegó el barco. Bajan los pasajeros y la mercancía que iba a bordo, de pronto pierdo la noción del tiempo; ella de vestido beige con encajes y holanes, sus manos cubiertas de guantes blancos, y en la mano izquierda sujetaba una sombrilla y con la derecha tomaba el brazo de un hombre. Don Santiago se acercó a ellos y les dio la bienvenida, yo cogí las maletas y las subí al carruaje. Nos esperaba un largo viaje para llegar a la hacienda que está en Santa María Magdalena Xicochimalco.
El camino se me hizo más largo, no tenía conocimiento de quien era la chica que iba a bordo, ni mucho menos si el caballero a quien le sujetaba el brazo era su esposo o padre. Yo anhelaba que fuese su padre porque los celos me matarían, pero lo que estaba más presente en mí eran sus ojos; esos hermosos ojos españoles, de grandes pestañas, oscuros, profundos, andaluces.
El camino largo terminó al momento de llegar a la hacienda. Me bajé de inmediato para cargar con el equipaje de los invitados. Sabía que mi trabajo era ocuparme del equipaje, pero mis ansias me ganaron y me paré en la puerta del carruaje para tomar la mano de ella y ayudarla a bajar, y fue así como escuché su voz de niña que me decía gracias-, y de nuevo contemplé sus ojos moros.
Después de ese día me pasé las noches sin dormir sólo pensando en ella. Todos los lunes eran más pesados, había más entregas de muebles y los llevaba en la carretilla. Siempre tomaba la calle principal que daba con la iglesia que a pesar de que seguía en construcción todos los días era visitada por los feligreses, yo también solía ir, creía en los milagros de la santa y en esta ocasión pediría porque la mujer de ojos españoles se acercara a mí.
Después de dejar toda la mercancía pasaba al templo a dejar una veladora, tenía fe en que mis suplicas serían escuchadas. Confesaba mi pecado de espiar a una mujer que probablemente era casada, que no era de mi nivel; confesaba de amarla en secreto, de desearla, de tenerla a todas horas en pensamiento, pero también tenía la duda de que eso fuese pecado. Pedía una señal y que me quitasen los celos que carcomían mi alma cuando veía a mi amor caminar por la calle, del brazo de aquel sujeto que odiaba con todo mi corazón, y que pobre hombre no tenía la culpa de mi envidia y desdicha de no tener sangre azul.
Era domingo, día de misa. Se escuchaban las campanadas para asistir a misa, los de alto linaje podían estar dentro de la iglesia, el resto teníamos que escuchar la misa desde el atrio; y fue desde allí cuando la vi pasar, llevaba entre sus manos un rosario, esperé una hora de misa para verla de nuevo. Ocurrió el milagro:
-Hola. Buenos días, perdón mi atrevimiento, pero quisiera que me hicieras un favor. He encargado algunos frutos para la casa y me es imposible cargarlos hasta la hacienda, me podrías ayudar?- Preguntó tímidamente.
-Sí. Claro, y no es ningún atrevimiento, yo le puedo ayudar con lo que sea. Para mí es todo un placer, no es molestia.- Contesté alegremente.
-Muchas gracias, muy amable.- Dijo sonriendo.
Llevé mi carretilla. Subí los frutos y es como si me hubiesen devorado la lengua, pues estaba mudo. No sabía qué decirle, pese a tener la oportunidad de saber su nombre, preguntarle por aquel hombre que en este instante no la acompañaba, y hasta confesarle mis sentimientos. Algo me dio valor, y fue cuando pregunté su nombre. Nunca olvidé la primera vez que escuché su nombre; Julia.
El camino estaba lleno de piedras, muchas de ellas lisas y escabrosas, eso hizo que ella resbalara y se quejara por el dolor de su tobillo. De inmediato le ayudé, ella leyó mis ojos que en todo momento la miraban, probablemente se percató de lo acelerado que estaba mi corazón y mis manos tibias que tocaban su pie. Ese día dejó de ser un sueño y por primera vez sentí los labios de una mujer sobre mi mejilla.
Desde su ventana veía como agitaba su guante blanco, era señal de que la vería en la noche. Esperábamos a que se metiera el sol y a la primera estrella que salía en el cielo, nos veíamos frente a la casa de los tulipanes blancos. Siempre tomaba su mano y la ponía en mi pecho, pues así se daría cuenta que estaba dispuesto a todo por ella, no me importaba que fuese la prometida del sobrino de don Santiago. Yo amaba a Julia y ella me amaba. Cada noche le pedía que se fugara conmigo, que nos fuéramos de allí, pero ella me pedía tiempo. Julia hizo el compromiso de hacer el bordado del vestido para la santa e ir a la procesión, era fiel devota a María de Magdalena, no podía obligarle a dejar el compromiso puesto que la santa había escuchado mis ruegos y curado mi alma de amor.
En el inicio de los festejos todo el pueblo estaba alegre; no podía faltar el alcohol, comida para regalar, rezos y plegarías. En la hacienda todos estaban bebiendo y comiendo, incluyendo al sobrino de don Santiago. Muchas de las mujeres de la hacienda lo veían con buenos ojos, lo consideraban un tipo bien parecido, y los coqueteos eran evidentes, sobre todo por parte de Camila; la mujer más joven de la hacienda y que era la encargada de lavar la ropa. Era una morena que atrapaba la mirada de muchos de allí, y al nuevo huésped no le era indiferente.
Julia estaba en su habitación, su prometido continuaba bebiendo con los mozos de la hacienda, faltaba una semana para que Julia y yo nos fugáramos de la hacienda. Él la llamó con una exigencia que me hicieron rabiar, ella no era de su propiedad, pero él así lo manifestaba con esa actitud, cómo si tuviese un dominio sobre ella hizo que se sentara a lado de él y tomó su mano, yo hervía en celos. Los observé desde una esquina, Julia notó mi presencia y mi dolor, de pronto se paró y él la siguió; los dos entraron a la habitación, mi rabia estuvo a punto de llevarme a cometer una estupidez pero la irrumpió don Santiago al mandarme a traer una carga de madera.
Esa noche no supe lo que pasó; fue hasta dos días después que escuché un rumor que volví verdad con mis dudas. Ojalá y ese día mis oídos se hubiesen vuelto sordos, y no como lo hicieron cuando Julia me decía la verdad. Eusebia y Dominga se secreteaban en tono que yo escuchara todo lo ocurrido el día en que el joven huésped tomó hasta embriagarse e hizo suya a la jovencita Julia, pues lo habían revelado las sabanas manchadas que Camila tuvo que lavar. Cuando escuché a aquellas dos mujeres decir eso mi mundo se derrumbó, mi corazón había muerto, tenía tantas ganas de gritarle a Julia que era una traicionera. Salí de la hacienda dispuesto a no verle más la cara a la mujer que amaba, porque a pesar de escuchar que se había entregado a ese hombre, yo la amaba.
Fui como de costumbre a repartir la mercancía. Las procesiones comenzaron, ella me había buscado desde el día que supo que estuve en la hacienda y me enteré de los rumores, yo había preferido dormir en la calle. Ese día aún entre la multitud que acompañaba a la santa, me vio, yo no quería ver más sus ojos andaluces pues en ellos veía traición. Ella se abrazó a mí y la rechacé. Juró por Dios, por todos los santos que todo era mentira, yo no le creí nada; y mentí al decirle que ya no la amaba, que yo no podía estar con una traicionera y pecadora que juraba en vano. Los ojos de Julia se llenaron de lágrimas, tomó mi mano y me llevó adentro de la iglesia nos paramos frente a la santa:
-Mírame bien. Aquí frente a ella, que tú sabes bien cuanta fe tengo, te juro por ella y por Dios que no te estoy mintiendo. Escúchame, cree en lo que te digo, no le hagas caso a tus celos, yo te amo.- Dijo llorando y suplicando.
La duda y los celos no me dejaron escucharla, por más que mis ojos la veían llorar. Tomó una flor de la santa y me la dio diciéndome que al momento que yo me diera cuenta de la verdad, ella estaría muy lejos, pero la flor no se marchitaría, porque allí dejaba todo lo que sentía por mí; y el amor no se marchita.
Ella salió de la iglesia, yo me quedé mirando la flor y viendo el rostro de la santa, reaccioné y me di cuenta que Julia no mentía. Corrí tras ella dos cuadras y de ahí me encontré con mi desgracia; Julia tirada mirando al cielo, muerta. La piedra resbaladiza que me la había entregado una vez en esta ocasión me la arrebata; había caído y su cabeza golpeó fuerte sobre la terracería. Sus ojos seguían abiertos como cuando me miraba y me decían te quiero. Tenía que cuidar la flor, no podía dejarla marchitar. . .
- Se siente bien joven?- Preguntó un miembro del coro de la iglesia
-Sí. Sólo fue un vaguido, pero ya se me pasó, gracias.- Contestó agarrándose la cabeza y frotándose la cara.
De pronto miró su mano, ya no tenía la flor. Desesperado empezó a buscarla, hasta que se dio cuenta que estaba en el piso. Cuidadosamente la recogió, con delicadeza pasaba los dedos por sus pétalos, tratando de que no se deshojara. Las personas que estaban cerca lo miraban extrañamente, él sólo prestaba atención a la flor.
Al salir de la iglesia se percató que había una procesión, los danzantes alegraban las calles, él cansino continuó avanzando y observaba su flor y sonreía, bajó las escaleras de la iglesia al atrio y vio a Julia sentada en el último escalón:
-Pensé que te habías marchado y ya no te vería.- Desconcertado preguntó
-No, y no seas dramático.- replicó ella
- Qué te pasó?- Preguntó, haciendo un gesto de satisfacción al verla
-Me lastimé el pie.- En tono quejumbroso respondió
-Ten. Detén mi flor, que no se maltrate.-Se puso en cunclillas, tomó el pie de Julia y lo talló.
- En verdad que vas cuidar de la flor que te regalé? Preguntó Julia sorprendida.
Él la abrazó muy fuerte, acariciando su rostro y viéndola a los ojos le dijo; que ya una vez la había perdido, y no dejaría que pasara de nuevo, cuidaría de ella y la flor. Ella sonrió, había esperado mucho tiempo para escucharlo pronunciar esas palabras, él la miró de nuevo a los ojos y preguntó: -Julia, alguna vez te he dicho qué tienes ojos españoles?-
Citlaly Salazar losextraniosdeletras@gmail.com
Comentarios
Normas de uso:
- Nota: Sin pretender coartar la expresión, Plumas Libres pide al público lector guardar el respeto debido en sus comentarios, no utilizando palabras ofensivas. De otra manera, nos veremos en la necesidad de eliminarlos.