Dibujar también mata: Rapé, el ‘monero’ exiliado y amenazado

- en Foro libre

Por Oscar Balderas

La lluvia trajo consigo una amenaza mortal. Cayó despacio, chorreó los árboles de la capital veracruzana, ensució los cristales del auto de Rafael y alguien pensó que ahí estaba la oportunidad ideal: deslizó sus dedos y dibujó nueve letras. “Calladito”.

Tal vez, si no hubiera llovido, la advertencia habría sido del modo tradicional: un “levantón”, balazos en la puerta, sicarios afuera de su casa toda la noche, una cartulina advirtiéndole que su trabajo periodístico incomodaba al Gobierno del Estado de Veracruz. Pero el 10 de septiembre de 2011, alguien pensó que, para amenazar, era mejor trazar letras sobre mugre.

Parecían inofensivas, pero en el contexto tomaban relevancia: 20 días antes, Rafael había dado asilo en su departamento a dos periodistas amenazados de muerte; y su auto lo usó uno de ellos para ir a la Procuraduría estatal a denunciar que un grupo armado lo había intentado secuestrar.

El ingenioso monero veracruzano Rapé, sigue exiliado en México
El ingenioso monero veracruzano Rapé, sigue exiliado en México

Así que en cuanto vio el mensaje, lo borró con  las manos, desanduvo los pasos y volvió a su casa. Se atrincheró ahí por dos días y cuando vi oportunidad, tomó sus maletas, dinero, llaves y sólo paró hasta que se le terminó la gasolina.

Rafael – mejor conocido como Rapé, monero de Milenio y El Chamuco, entre otras publicaciones – llegó al Distrito Federal y, desde entonces, vive en la capital en una ubicación que sólo unos cuantos conocen.

La intuición no le falló: si su paisana y amiga Regina Martínez, excorresponsal del semanario Proceso, hubiera tomado sus maletas, no la habrían asesinado siete meses después en su casa de Jalapa.

“Calladito”, le dijeron. Pero desde el exilio, el caricaturista cuenta su historia.

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Rapé no pensaba “vivir de hacer monitos”. De niño, quería ser arquitecto, diseñar edificios, casas, puentes en el puerto de Veracruz, donde sus padres, Yolanda Peña y Carlos Pineda, lo vieron nacer el 20 de agosto de 1972.

Luego, quiso otra cosa: ser militar. A los 15 años, ingresó voluntariamente a la academia naval militar y a los 18 se convirtió en infante de la Secretaría de la Defensa Nacional.

Ante la sorpresa de su madre – una profesora de artes plásticas en una escuela privada – Rapé se volvió mayor de edad cuando estaba embarcado en la Sonda de Campeche, esperando a que el gobierno mexicano anunciara su apoyo a la milicia de Estados Unidos en la guerra contra Irak de 1990.

Como eso no sucedió, a los 19 años Rapé colgó el uniforme, se puso ropa de civil, ingresó a la preparatoria y cuando la terminó, decidió buscar suerte fuera de Veracruz: hizo el examen de admisión para la UAM Xochimilco y en su primer intento ganó un lugar en la carrera de Comunicación Social.

“Esa carrera la pagué cantando en los microbuses. Tomaba mi guitarra, recorría la ruta desde Metro General Anaya hasta el Estadio Azteca, y de regreso, y había días en que me llevaba unos 300 pesos diarios. Así pagué mis estudios”, narró el ahora “hijo del Averno”.

De nuevo, ser monero no estaba en su panorama profesional: él quería ser fotógrafo o locutor de radio, pero el destino lo hizo mejor amigo de un sobrino de Helioflores, el consagrado caricaturista veracruzano, doble ganador del Premio Grand Prix de Canadá.

Un fin de semana me dice ‘te presento a mi tío, está arriba dibujando’. Subí y lo vi en un cuarto chico, atiborrado de papeles, libros, apenas alumbrado, sentado frente al restirador. Un cuate ya viejito, encorvado, mojando de tinta su pluma y colocándola sobre el papel”, contó Rafael.

Fue un tirón, como un hilo prendido al corazón: corrió a su casa con un compañero de cuarto — un estudiante de Arquitectura de la UAM Azcapotzalco –, tomó su papel bond, pintura, pincel y tinta y dibujó su primer cartón político: Ernesto Zedillo escribía su Segundo Informe de Gobierno usando como lápiz a un indígena con la cabeza sangrante.

Al día siguiente, sin anunciarse, Rafael volvió a casa de Helioflores, cerca de Tec de Monterrey en la ciudad de México, y le entregó el cartón para que lo revisara. El monero veterano sonrío y aceptó volverse tutor de que Rafael, quien desde entonces lo considera su “chaneque”.

Era 1995 y el joven estudiante de Comunicación Social se inauguró como aprendiz de monero; si Helioflores no podía asesorarlo, pedía consejo a otros alumnos más avanzados: El Fisgón, Helguera y Hernández, actuales moneros de La Jornada.

Un año después, esos alumnos avanzados lo invitaron a colaborar en su revista: El Chamuco y los hijos del averno, una publicación de sátira política que hacía rabiar a los priistas, quienes por esos aquellos años detentaban la Presidencia de la República y la mayoría absoluta en ambas Cámaras.

En respuesta al control absoluto que tenía el PRI en el poder Ejecutivo, Legislativo y Judicial, su primer cartón en la revista fue un granadero con un escudo que en lugar de decir “policía” tenía la palabra “diálogo”.

Y antes de dar el trazo final, Rafael decidió renacer en alguien más: firmó por primera vez como Rapé, una combinación de Rafael y Peña, en honor su mamá, la maestra de artes plásticas que le soltó por primera vez un pincel en sus manos.

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Mucho y nada ha cambiado desde esa tarde de 1996: Rapé aún se considera un aprendiz de monero, pero su trayectoria es de las más destacadas en la caricatura política en México.

Luego de 17 años, sigue en El Chamuco y los hijos del Averno, y ha sumado a su trayectoria su labor en el diario Milenio, además de colaborar en la revista Zócalo y otras dos revistas con redacciones en Europa.

Desde el papel y la pluma, dibujó al PRI cuando tenía poder absoluto, lo vio perder las mayorías en las Cámaras y soltar la Presidencia de la República; criticó al PAN cuando defendió la guerra contra el narcotráfico que emprendió el expresidente Felipe Calderón, lo vio despedirse del Poder Ejecutivo y entregárselo al PRI.

Todo parecía previsible: el priismo no resistiría más aferrado a la Presidencia y el panismo la perdería luego de los sexenios de Vicente Fox y Calderón.

Pero nada lo preparó para ver, desde 2000, 127 funerales de colegas periodistas que han sido asesinados, levantados, secuestrados, ejecutados, desaparecidos, según la asociación Nuestra Aparente Rendición.

De ellos, 8 han sido asesinados en Veracruz, únicamente bajo la gubernatura del priista Javier Duarte: Noé López Olguín (Horizonte / Noticias de Acayucan), Miguel Ángel López Velasco (Notiver), Misael López Solana (Notiver / La Jornada Veracruz), Yolanda Ordaz (Imagen de Veracruz), Regina Martínez (Proceso), Gabriel Huge (freelance), Guillermo Luna Varela (Veracruznews.com) y Esteban Rodríguez (Diario AZ).

“Y yo no quería ser el próximo, así que me tuve que ir”, afirma.

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Desde su casa, Rapé recuerda los difíciles primeros días en la ciudad de México: aunque ya conocía la capital, no se hallaba en ella y durante varias semanas estuvo decaído a causa del exilio.

Su estado de ánimo es consecuente con el de decenas de periodistas que dejan Veracruz, Morelos, Tamaulipas, la zona de La Laguna para refugiarse en el Distrito Federal a causa de su trabajo: depresión, irritabilidad, soledad, una tremenda soledad.

“Esto no puede seguir así. Algo debe cambiar, no podemos estar viendo cómo nos matan, cómo el crimen y las autoridades acaban con el gremio y deciden, con la mano en la cintura, cómo debe ser el periodismo en México”, afirma el monero, quien recibió ayuda de ONGs como Reporteros Sin Fronteras, Artículo 19 México y la Comisión Nacional de Derechos Humanos.

Luego de establecerse en la capital, a Rapé viajó entre mayo y junio de año pasado a Francia para unos cursos de dibujo; estando allá, ante el riesgo que implicaba su regreso a México, le ofrecieron asilo político.

“No me querían dejar volver a México. Me dijeron ‘no regreses, pero no regreses nunca. Te damos asilo en Francia’, ¡es una oportunidad chingona! Pero la rechacé porque estoy convencido de que salir corriendo no es la solución. No para mí. Sí me asusté mucho en ese momento, pero hay que entender que hay que hacer mucho aquí, desde México”, cuenta.

Y desde su casa, critica: “el periodismo debe ser otra cosa. En México están los mejores moneros del mundo, de los mejores trazos, lo ves en el resto de los diarios del mundo, pero no es posible hacer ese periodismo si estamos amenazados.

No necesitamos más periodistas que le hagan el juego al poder, que sólo recojan la información oficial, que no cuestionen. Aún podemos hacer mucho desde una posición crítica, de contraste entre lo que dicen las autoridades y lo que realmente pasa”, asegura el monero.

Lo dice mientras mira sus hojas con dibujos que reposan en un restirador de madera, ubicado en la sala de su casa… en una ubicación secreta, como viven muchos periodistas en este país. Tomado de www.revoluciontrespuntocero.com

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