Los perfiles idóneos y la Cuarta Transformación

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La Cuarta Transformación de la vida pública de México (la 4T) impulsada por el presidente Andrés Manuel López Obrador sigue dando de qué hablar. Y parece que así seguirá… por lo menos durante todo el sexenio. Ello porque, un día sí y otro también, en las conferencias matutinas donde el jefe del Ejecutivo y miembros de su gabinete aparecen frente a los medios nacionales y extranjeros, se obtiene la nota de la jornada sobre alguna(s) de las muchas cosas que impactan a los mexicanos.
Y diga usted si no es verdad que tales sesiones, de lunes a viernes, generan tal expectativa que aun los más acérrimos detractores despiertan tempranísimo, para estar atentos a las potenciales «bombas» que puedan caer sobre sus cabezas, cuando el jefe del Ejecutivo aborda un tema.
Sea Pemex y el huachicol; Odebrecht y los Lozoyas; los conflictos de interés y los Fecales; las caravanas de migrantes y la ineptitud del INAMI; los preceptos constitucionales de no intervención de cara al NO-tema Venezuela; la construcción del muro de Trump y el «yo respeto» presidencial; el proyecto aeroportuario cancelado y las «pérdidas millonarias»; y un largo etcétera. Todos ellos tienen espacio en «la mañanera de AMLO». Y en cada ocasión se descubren representantes de medios chayoteros que pretenden obstaculizar con cuestionamientos insidiosos el camino que empieza a construir el nuevo gobierno, pero que hasta ahora han recibido puntuales respuestas.
Se critica, por ejemplo, de cara a la política de transparencia absoluta que hoy se propugna, que Olga Sánchez Cordero, secretaria de Gobernación, o Javier Jiménez Espriú, secretario de Comunicaciones y Transportes, no hayan mencionado inmuebles en sus respectivas declaraciones patrimoniales. Los detractores consideran que esas omisiones son motivo suficiente para dudar de la presumida probidad del gabinete, y aseverar que en la nueva administración no hay capitán ni rumbo. Y aunque ambos temas han sido aclarados por los aludidos, la inconformidad de quienes hoy viven sin «chayo» y sus «cilindreros», no cesa.
Las declaraciones patrimoniales de los servidores públicos se complementan con datos sobre su preparación profesional, y ello abre otro frente de ataque. Es así como nos enteramos de las supuestas deficiencias académicas de funcionarios recién nombrados que, afirma el discurso opositor, les hacen impropios para el encargo asignado por no reunir «el perfil». Uno conspicuo es el secretario de Educación, Esteban Moctezuma Barragán, de quien se criticó que no haya conseguido título de licenciado en Derecho; sin embargo, poco se dijo que tiene título de licenciado en Economía y una maestría en Filosofía, y que eso apoya su nombramiento.
Los críticos fervorosos menos reconocen que, anteriormente, quienes ocuparon similares encargos y eran poseedores de importantes grados académicos (varios de ellos en universidades del extranjero), carecían del mínimo sentido de la honestidad y la decencia, y utilizaron la posición para su beneficio particular o de grupo, mas nunca para el bien del país.
Y algo más: esos escaños en la estructura gubernamental que surgieron en administraciones del ayer, ¿se crearon realmente para hacer más eficaz y eficiente el quehacer del gobierno o simplemente para tener espacios que fuesen ocupados por hijos, sobrinos, ahijados, cónyuges, o favoritos de los titulares en turno?
López Obrador sabe perfectamente que la animadversión hacia su persona y gestión continuará. Pero él no se espanta pues durante décadas ha vivido bajo ataques (recordemos que en un debate presidencial, allá por el 2012 y en reacción a una alusión de la Sra. Vázquez Mota, acotó que él estaba «aflojado en terracería»), de manera que sus propósitos, convicciones y acciones no se afectarán.
Difícil es, empero, garantizar que todos sus colaboradores estén preparados para el complicado arte de gobernar; pues si bien padecen embates externos, internamente viven fuerte presión por la demandante dinámica del propio AMLO, que como mínimo les hace levantarse muy, pero muy temprano.
Por otro lado, el aspecto de las remuneraciones no parece muy halagüeño; las pingües ganancias que antes implicaba ser «funcionario» (cuando la corrupción y la impunidad eran la norma) en la administración de la 4T son pecado capital. En ese escenario, es factible que muchos se pregunten si tiene atractivo estar en el gobierno federal.
Para el gran público, no obstante, lo anterior es irrelevante. Quienes en algún momento hemos tenido que recurrir a una oficina gubernamental sabemos que esos que ganaban grandes cantidades, por tener grado académico respetable, es decir por «reunir el perfil», más que distinguirse por su capacidad en el servicio público regularmente exhibían ineptitud y soberbia execrables.
Aunque eso es un escenario de discusiones estériles, porque al final del día los ciudadanos sólo deseamos que en la oficina pública se nos dispense un trato amable y respetuoso, y se responda a nuestros requerimientos con eficacia y eficiencia. En ese sentido, más vale reflexionar en que, en eso de la idoneidad de los perfiles profesionales, «ni tanto que queme al santo, ni tanto que no le alumbre». El reto es, posiblemente, hallar el justo medio en todos los ámbitos de la vida en sociedad.

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