Asumir la responsabilidad, tarea de todos

Andrés Manuel López Obrador: le urge enderezar el rumbo de México. Cuartoscuro.
El jueves 22, en una de sus acostumbradas conferencias matutinas, mejor conocidas como “mañaneras”, el presidente Andrés Manuel López Obrador dijo que ya no desea responsabilizar del estado de cosas a las administraciones pasadas; que sólo les traería a colación cuando tuviese que señalar las diferencias. “Ya es nuestra responsabilidad; ya no es para estar diagnosticando; ya sabemos: hay grandes, graves problemas nacionales y los tenemos que enfrentar”, aseveró. Saludable decisión, pues el gobierno está para hacer efectivos los compromisos del Estado mexicano, que en términos amplios son brindar bienestar y seguridad a la población, y defender la soberanía de cara a cualquier intentona de agresión externa.
Desde el inicio de su labor, el 1o. de diciembre del 2018, para el ejecutivo federal no ha sido cómodo mantener la gobernabilidad en el territorio; y la tarea seguirá siendo harto difícil porque fue más bien la ingobernabilidad quien se enseñoreó del país desde hace varias décadas. Baste con retornar a aquel momento simbólico, en enero de 1994, cuando se pregonaba que México llegaba a la antesala del primer mundo al firmar un tratado de libre comercio con Estados Unidos y Canadá, y cuando al mismo tiempo en Chiapas surgía un movimiento de rebeldía por parte de los eternos olvidados, los pueblos originarios de América, que daba cuenta de nuestra realidad. Sí, hace poco más de 25 años. Y qué decir de la ola de violencia y delincuencia que fue creciendo desde esos ayeres, de Norte a Sur y Este a Oeste, donde gobernantes tricolores, azules, amarillos y verdes mostraron su incapacidad para frenarla; o peor, que un sinnúmero de representantes de esas cofradías políticas han formado parte de ese negro sector, como se ha documentado profusamente.
Hacia el exterior, la cosa no está mejor, pues los gobiernos entreguistas del ayer se pasaron por el arco del triunfo la soberanía nacional. Triste es reconocer que nuestro país pasó de ser un interlocutor legítimo y referente de diplomacia en el concierto de las naciones a un instrumento del imperialismo para ejercer dominio en la región latinoamericana. Qué diferencia tan grande entre la posición de México frente al bloqueo hacia Cuba allá en los años sesenta y las actitudes de sometimiento que vinieron después. ¿Qué pensar del lamentable “comes y te vas” espetado por el impresentable Fox al finado Fidel Castro, en abril de 2002, en la celebración de la Cumbre Extraordinaria de las Américas en Monterrey, en acatamiento de los caprichos de Bush? y ¿qué tal la vergonzosa recepción como todo un jefe de Estado al apenas candidato Trump por parte del dueto Peña-Videgaray en agosto de 2016?
En ocho meses, López Obrador ha promovido una serie de cambios drásticos, “transformadores” se dice, que han ido cimbrando estructuras cimentadas –hay que subrayarlo –en lógicas de corruptelas, amiguismos y compadrazgos, útiles solamente para grupos de intereses enquistados en las esferas de poder. El viejo régimen se tambalea, mas obviamente se niega a morir y trata por todos los medios (que tiene, y de sobra) de descarrilar el proyecto de cambio.
Si no es sencillo mantener la gobernabilidad, menos lo es avanzar propuestas de mejora por los canales de una gobernación tersa, sin sobresaltos. Para nada. El reto es no bajar la guardia; mantener valores y principios en las propuestas de política pública y diplomacia, a la vez que conservar abiertas las puertas del diálogo y la conciliación. Los obstáculos seguirán, por ello es imprescindible perseverar en los ajustes políticos, gubernamentales y administrativos convenientes, con la finalidad que en el cambio colaboren quienes realmente estén por él. Las debilidades y amenazas están muy vivas; sin embargo, de ese mar de incertidumbres habrán de surgir las fortalezas y las oportunidades. Y habrá que aprovecharlas.
El presidente expresó que es momento de asumir la responsabilidad al ciento por ciento. Bien; pero quienes le acompañan deben también atender ese compromiso. Asimismo, la base social que le brindó millones de votos debe coadyuvar en esa empresa. México es demasiado importante como para dejarlo en manos del gobierno solamente: los grandes y graves problemas nacionales demandan una participación amplia.
No sobra decirlo: el que al país le vaya bien o mal atañe a todos.

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