Migrantes/ La ciencia desde el Macuiltépetl

- en Opinión

Los lastimados pies de los migrantes, moviéndose cansadamente sobre los durmientes de la vía férrea, apenas cubiertos por lo que alguna vez fueron zapatos. El caminar acompasado, lento, sin otro rumbo que el marcado por la vía férrea o las olas marinas. Moviéndose de un lado a otro del planeta en busca solamente de un poquito de bienestar para ellos y sus familias. Derecho al bienestar que en sus países de origen les es negado, producto de un mundo movido por “las leyes del mercado”, que invariablemente conduce a guerras terribles. El mundo de las cosas por encima del mundo de los hombres o, visto de otra manera, hombres y mujeres reducidos a la condición de mercancías.

Según los defensores de la libertad de mercado, se aboga por la libre circulación de mercancías pero se limitan los flujos, la circulación pues, de seres humanos. En todo caso esta última está regulada por la demanda de mano de obra barata por parte de los dueños del dinero.

Los granjeros del sur de los  Estados Unidos, que vociferan en contra de los migrantes ilegales y hasta organizan cacerías de éstos, se lamentan de la escasez de mano de obra barata para levantar sus cosechas. Un llamado indirecto para que ingresen más migrantes ilegales a pizcar en sus campos, desde luego a cambio de salarios de hambre.

¿Hambre? ¿Alguien ha dicho hambre? Quien verdaderamente ha padecido hambre difícilmente pronuncia la palabra.

-¿Sabes cuál es el recuerdo que tengo de mi infancia? El hambre, siempre tenía hambre, creo que siempre siento hambre.

Mi nacimiento fue un naufragio el agua/ me inundó cuando salí a la luz. Agua es futuro./ De mi madre quedó una ruina que bufaba,/ a veces sonreía. Al salir quedé errante/ y el mundo no bastó para frenar mi caos.

Todos somos migrantes, vivimos errando de un lado a otro –quizás en la imaginación solamente- vagabundos en busca de un destino mejor, parecido al sueño de los migrantes de carne y hueso, abrigando la esperanza de vivir mejor, de que todos vivamos mejor.

Lacónico deshebré mi presente/ que amaneció erosionado por la cal/ payaso de circo en pueblo polvoriento/ Indeciso, te seguí estrella de mar/ para perderme aún más.

Aprendiz de todo y oficial de nada, por eso y por los caimanes en pantaletas que dices haber visto en la Laguna de Alvarado (y que confundiste con sirenas), no podrás ingresar jamás al salón de la fama y tendrás que seguir en tu interminable andar, sufres porque quieres.  Todo se reduce a que aprendas a fabricar pasteles sin harina, sin mantequilla y sin huevos. Sobre todo procura no pasarte de estos últimos y pórtate bien, no salgas  de tu país natal, a menos que sea por razones turísticas para divertirte y no andar mendigando trabajo a cambio de salarios de hambre en lugares donde se te considera una molestia, un ser despreciable, un ser no humano como lo dijo a voz en cuello el señor presidente de los EUA.

Si no me  creen, pregunten a los expertos.

Reflexionar para comprender lo que se ve y lo que no se ve.

 

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