A medio camino

AMLO a mitad del camino

El presidente Andrés Manuel López Obrador inicia la segunda mitad de su gestión con gran apoyo popular. Diferentes encuestas así lo indican. Pese a múltiples intentos por parte de la oposición para obstaculizarle acciones de gobierno y minar su liderazgo, el proyecto de la Cuarta Transformación (4T) que encabeza sigue adelante; a la fecha, los logros llevan impreso el sello de una dinámica de trabajo inédita que inicia en las primeras horas de la mañana. No hay duda que quien le suceda en 2024 tendrá ante sí el reto de superar, o al menos igualar, la obra realizada. Por otro lado, en el supuesto que llegase al poder una figura contraria a la 4T y tenga intenciones de revertir las cosas, hallará un camino harto difícil y complicado por razón de las reformas institucionales realizadas. Pero no sólo eso; cualquier administración posterior se encontrará con una sociedad diferente, que reconoció su potencial en julio de 2018 cuando llevó a la presidencia de la República al entonces candidato López Obrador. De esa sociedad dependerá cualquier iniciativa de cambio, en pro o en contra de la política vigente.

En el período transcurrido, de poco menos de tres años, los opositores han tenido un protagonismo tan menor que al saberlo arguyen actos de autoritarismo y revanchismo del ejecutivo federal; han implorado el auxilio de instancias externas, inclusive. Varios de ellos, que ocupan cargos públicos, justifican su ineptitud aduciendo abandono deliberado de la federación. Ahí está el desgobernador de Jalisco, reprochando la “insuficiente ayuda” recibida para combatir la Covid 19; en su cuenta de Twitter, mostró una foto donde exhibió “[El] paquetote que nos mandó la Federación para, según ellos, hacerle frente a la pandemia por #Covid19: 3 termómetros, 30 cajitas de cubrebocas, 3 bidones de jabón, 3 cubetas de sanitizante y 3 cubetas de gel”. Sin ambages, omitió reconocer que su deber es procurar que el presupuesto asignado a Jalisco se dirija prioritariamente a atender las necesidades de los jaliciences antes que canalizarlo a satisfacer intereses particulares o cebarle la mano a los medios para que hablen bien de él. Si hoy carece de los recursos necesarios, bueno sería que revisase su desempeño. Ahí está también el desgobernador de Michoacán, que con los viajes que junto con su banco verde de plástico realizó a Estados Unidos para denunciar en la OEA de Almagro la “narcoelección” orquestada por el autoritario gobierno central el pasado mes de junio, seguramente dilapidó el dinero del erario que ahora le reclama el magisterio de esa entidad. Hoy alega que servir a los michoacanos, es decir pagar lo que les debe, es corresponsabilidad de estado y federación… ¿pues dónde y en qué más ocupó el presupuesto de esa entidad?

Y qué decir del “prianredismo” y sus dirigencias; en su desesperación ha radicalizado su postura, pretendiendo infligir al presidente con reprobables improperios, con la alevosía de saber que él es un pacifista que nunca les respondería de igual manera. Insultos que, por cierto, esos personajes nunca se hubieran atrevido a espetar a los represores que añoran, como Peña Nieto o Calderón. No conformes, han elevado denuncias sobre la “política dictatorial de AMLO” en foros internacionales, como es el caso de la visita hecha también a la OEA por Alititito, Marquititititito y Zambranitititititititito (Jairo Calixto dixit).

Peor, cuando pensábamos que ya nada podría sorprendernos, legisladores conservadores se convirtieron en sumisos cortesanos de un moderno Hernán Cortés, el dirigente del partido español Vox, Santiago Abascal. En el Senado de la República se postraron a los pies del hombre blanco y barbado que llegó de ultramar para poner orden en “Méjico”. Solícitos, firmaron la Carta de Madrid, que les ubicó en la época de la metrópoli y las colonias, y en un fantasioso universo: la Iberosfera. Frente a las críticas, ahora el PAN dice que no invitó a Hernán Cortés Abascal a impartir misa en el Senado; que quien lo hizo fue uno de los suyos a título personal —aunque con la salvedad que fue nada menos que el coordinador de su grupo parlamentario, el senador Julen Rementería—. Ipso facto, algunos del PAN se enojaron con otros del PAN por la mentada invitación; de modo que Rementería tuvo que salir a ofrecer disculpas por la acción y a decirse arrepentido, aunque no tanto como para asumir la responsabilidad del error; por el contrario, quien pagó los platos rotos fue, como siempre, la parte más delgada de la cuerda: el encargado de redes sociales, quien fue cesado. El asunto es tan ridículo, que hasta el susodicho hizo mofa de su despido; en su cuenta de Twitter escribió “¿Adivinen quién no va a ir a trabajar mañana? El facho de Christian Camacho. Ah caray, soy yo”.

Así las cosas con una oposición que, no pudiendo constituirse en adversario serio y propositivo, ha cometido dos errores garrafales en tiempo récord: destrozar sus ya de por sí debilitadas banderas, y equiparar al gobierno de México con el diabólico comunismo. No reparó en que tirarse a los pies del moderno conquistador y declararle la guerra a una postura ideológica inexistente pronto le significaría no sólo un lamentable retroceso de principios sino el retiro de la confianza de sus propios correligionarios. Las protestas públicas a ese proceder hechas por Xóchitl Gálvez y Gustavo Madero, entre otros, dejan en claro las controversias al interior del panismo.

Además del alto nivel de aprobación con que cuenta, el primer mandatario inicia la segunda etapa con un ánimo asombroso; quienes le siguen en las mañaneras pueden percatarse del semblante sereno y aplomado, hasta alegre, de un hombre maduro, experimentado, tolerante y conocedor. Ese halo que le envuelve también lo perciben sus detractores y eso les irrita más porque confirma lo inútil que han resultado sus andanadas; por el contrario, “ayudas” como las narradas han abonado a su consolidación. Nada les ha funcionado.

Pero el presidente no se sube a la nube; sabe de su falibilidad y condición de ser humano. Quizá por ello anuncia, con preocupante recurrencia, que desde ya puede marcharse con la satisfacción de dejar sentadas las bases de la transformación. “Sí, pero no”, le han respondido muchos; “queremos que se reelija y gobierne hasta 2030”, le demandan. Él responde que es un demócrata y respalda la no reelección. Seguro que nada le hará cambiar, porque también es un necio recalcitrante… salvo que… Si decide alejarse definitivamente de la arena política nacional, queda una alternativa más amplia donde su presencia sería bienvenida: el escenario internacional. Vamos a medio camino; ya luego se verá.

 

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