La democracia tan cercana a la farsa

- en Opinión

Quizá para esta hora muchos hayan ido a la casilla de su distrito para emitir un voto favorable al aparato publicitario del presidente de la República.

Quienes acudan a expresar su desacuerdo serán los menos (el desacuerdo mayor, paradójicamente, es el vacío), porque la propaganda de Morena los ha convencido de lo contrario: esta no es una oportunidad de echar a la calle al mal gobernante, es una forma democrática de refrendar el acierto del 2018, poner en la silla del mando nacional al mejor hombre de nuestra historia; porque para sus seguidores sinceros (debe haber muchos) y los oportunistas cuya lengua no se fatiga de repetir halagos tan desproporcionados como alimenticios para el inmenso ego presidencial, eso y no otra cosa es Andrés Manuel.

Nadie como tú, le dicen ni Juárez ni Hidalgo. Y él se lo cree. Los héroes nacionales no tienen nombre, no lo necesitan. Sólo tienen apellido: Cárdenas, Morelos. Sólo una estrella fulge en nuestro Olimpo con sus nombres de pila: Andrés Manuel.

Pero volvamos a lo de hoy.

–¿Por qué se pervirtió el mecanismo de recurso revocatorio?

Porque fue creado, construido y secuestrado por la demagogia. Si bien prever en la Constitución la posibilidad de revocar un mandato presidencial (posibilidad no es igual a necesidad ficticia e innecesaria), crea una figura conveniente. Operar esa facultad social desde la misma autoridad cuyo mandato otros podrían poner en tela de juicio, es una forma inteligente, pero perversa, de curarse en salud y al mismo tiempo enfermar al recurso.

Promover desde el poder una consulta revocatoria innecesaria, cuyo procedimiento queda secuestrado desde la convocatoria misma (sólo para la patológica vanidad de la egoísta posibilidad de decir, fui el primero en hacerlo), es una maniobra genial para eliminar obstáculos para cuando la elección sea necesaria; es decir, dentro de tres años, cuando Morena gane (como va a ganar) su segundo periodo presidencial con cualquier abanderado.

No importa si es Claudia Sheinbaum (nunca habría caído más bajo el país), Adán Augusto López (el país nada más también descendería a un segundo sótano) o cualquier otro. Yo me inclinaría por la candidatura de Gerardo Fernández Noroña o Epigmenio Ibarra. Por los dos primeros no votaría. Por lo segundo, dudaría entre tanto talento.

Pero, en fin, para cuando ese momento llegue y el Instituto Nacional Electoral –“responsable” del poco pero suficiente entusiasmo de hoy en las urnas– haya sido desmantelado mediante la reducción de integrantes en el Consejo General y su sustitución por militantes de Morena, autoerigidos en custodios definitivos de la democracia nacional, muy pocas cosas tendrán importancia.

Quizá para entonces haya tomado forma el anunciado Frente Cívico Nacional, el cual hoy apenas tiene dos dedos de frente.

No se sabe. Quizá ocurra un milagro y alguno de los posibles candidatos de las oposiciones se convierta, por arte de magia, en una personalidad atractiva, alguien con arrastre, en este páramo de mediocridad por cuyas arenas se desliza el desnutrido país de los enanos.

Hoy no va a ocurrir nada importante. Lo notable será mañana cuando el resultado –sea cual sea– serviría únicamente para denostar todo cuanto no tenga color Moreno. Por sí o por no, el INE será desollado. Le arrancarán los pocos pellejos aún sobre el roto esqueleto. Lorenzo y Ciro irán al paredón del insulto, como todos los días.

Y sufrirán el flagelo de la diatriba los racistas, clasistas, neoliberales, conservadores, derechistas y etc., como todas las mañanas cuando alguien –como suele suceder cuando logra sus propósitos–, estará feliz, feliz, porque vivimos en un país tan aldeano y subdesarrollado, como para interesarnos cada mañana del humor como amaneció nuestro líder.

Mañana podrá decir, fui elegido con una cantidad de votos nunca vista y ratificado con la mayor cantidad de voluntades de la historia.

La historia, el único triunfo invisible, porque cuando ella tome el dictado de los vencedores, ya no estará el hombre cuyos afanes quisieron seducirla desde antes, desde mañana por la mañana. Juntos haremos historia, pero no nos enteraremos.

Todos leen la historia, menos quien quiso ser el centro de ella.

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